Pablo Heras-Casado: «Wagner es un torbellino que te atrapa y no te deja desconectar un segundo»

Hay un velo grisáceo en la mirada normalmente luminosa de Pablo Heras-Casado (1977), mezcla de cansancio, responsabilidad, satisfacción, expectación, entrega...
En unos días tiene que afrontar el primer capítulo de uno de los mayores retos de su carrera:la dirección de la primera parte de la tetralogía wagneriana «El anillo del Nibelungo».
En esta y las próximas tres temporadas, el director granadino se enfrentará en el Teatro Real, del que es el principal director invitado, a las cuatro óperas –«El oro del Rin», «La valquiria», «Sigfrido» y «El crepúsculo de los dioses»–, consideradas como una de los grandes cumbres del género lírico.
En un descanso de los intensos ensayos, con voz cansada y a la vez ilusionada, Heras-Casado conversa con este periódico.
¿La Tetralogía es el Everest musical? Me puedo imaginar que es algo así.
Para subir al Everest supongo que habrá que atesorar muchísima experiencia vital, profesional y emocional, incluso física, antes de asumir un reto así;requiere haber subido otras muchas cumbres anteriormente, tener el cuerpo y la cabeza habituados a este tipo de desafíos.
Abordar la Tetralogía supone un esfuerzo físico, por supuesto, pero también emocional, de concentración, se necesita estar psicológicamente preparado para ello.
Influyen muchos factores, porque también se precisa saber dosificar la energía, dónde hay que concentrarla;con una obra así no se puede estar al cien por cien todo el tiempo.
Se debe saber contar con las inercias, con la energía acumulada en el resto del equipo.
¿Tuvo la oportunidad de afrontar esta partitura antes, o ha llegado en el momento preciso? Quería abordar el «Anillo», la Tetralogía, en este momento.
Hace unos años ya hablé de esta posibilidad con Joan Matabosch, el director artístico del Teatro Real.
Antes de dirigir «El holandés errante», hace justamente dos años, sí había tenido la ocasión de enfrentarme a Wagner;pero yo, que nunca he sido impaciente en general en la vida, con este compositor menos todavía.
No quería precipitarme, tenía la necesidad de esperar, curiosamente de un modo instintivo:fue después de acumular otras muchas experiencias cuando me sentí preparado para abordar sus partituras.
Wagner es un compositor que impone mucho respeto, incluso reverencia:¿qué complicaciones presenta que no tenga, por ejemplo, el «Otello» de Verdi? Todo es difícil; una sinfonía de Haydn o una cantata de Bach lo son también.
Pero entiendo a lo que se refiere.
Intervienen muchos factores: la dimensión musical de una partitura como «El oro del Rin», el prólogo de la Tetralogía,su complejidad musical, son apabullantes.
Desde el punto de vista musical la cantidad de acontecimientos, su intensidad, la cantidad de información que se maneja a nivel musical, armónico, melódico...
Es intensísima.
Si a ello se suma su dimensión estructural, que sorprende incluso hoy, en que estamos acostumbrados a grandes estructuras orquestales, a obras de gran extensión dramática: las sinfonías de Bruckner, de Mahler...
Para un intérprete, Wagner es todo un reto que apabulla por su extensión estructural y dramática.
Hay otro elemento complejo, que son los leitmotivs; en realidad, son una guía y una ayuda tanto para el espectador como para nosotros, para los músicos, pero es un trabajo de una sofisticación al tiempo enorme y maravillosa.
Comprenderlos y asimilarlos es otro reto, lo mismo que la comprensión del texto.
En el «Anillo» todo es acción, y acción constante, además;cada palabra tiene su reflejo en la música, su derivación, su consecuencia.
Y dominar el texto y el subtexto, en sus niveles social, político e incluso simbólico, es importantísimo.
No se puede afrontar una obra de Wagner simplemente desde el punto de vista musical –que ya exige mucha preparación y experiencia orquestal y vocal–.
Sin conocer los aspectos metafóricos, dramáticos y simbólicos del texto es imposible abordar una obra como el «Anillo».
Va a completar la Tetralogía en cuatro temporadas;una ópera cada año...
Una parte, en realidad; Wagner decía que las cuatro obras conformaban una sola ópera.
¿Y se han planteado la posibilidad de hacer la Tetralogía completa en una misma temporada? En realidad, no; no creo que se haga.
Para un teatro de estas características supone limitar una parte importante de la temporada.
Un teatro de repertorio, en el que se cambia diariamente de título, puede asumirlo más fácilmente.
Pero para un teatro de «stagione», de temporada, como el Real, es mucho más complejo.
¿Le ha llegado a quitar el sueño esta obra? Sí.
Es una obra que te invade y te envenena, en el sentido más fascinante de la palabra.
Yo empecé a trabajar esta ópera leyendo únicamente el texto, el poema, como decía Wagner.
Me planteé el trabajo de «El oro del Rin» desde la globalidad del «Anillo».
No concibo trabajar esta obra de una forma separada del resto.
Aunque con menor intensidad, ya he empezado a estudiar las otras tres partes.
Y una parte fundamental ha sido estudiar el texto, asumirlo, releerlo, hacer lecturas paralelas.
Y este trabajo, previo a sumergirse en la partitura, ya es una labor que te atrapa y que te quita el sueño.
No hay, por otro lado, un solo momento en que la música te suelte de ese devenir dramático;por eso es tan adictiva.
¿La música de Wagner exige del espectador un esfuerzo mayor que otras, le exige que no se relaje? Absolutamente.
Yo creo que, en general, el arte exige una escucha y una participación activa del oyente siempre.
Pero, por ejempo, una ópera como «Lucia di Lammermoor» u otras obras belcantistas permiten una mayor relajación al espectador, un menor esfuerzo.
Tiene razón.
La ópera digamos más tradicional, especialmente el bel canto, en la que las arias tienen un aire meditativo, reflexivo, incluso ornamental...
Te permite recostarte en el asiento y dejarse envolver por su belleza.
Es un momento suspendido;en Wagner no existen estos momentos.
La música es un torbellino que te atrapa desde el principio y no te deja desconectar un solo segundo.
Los «wagnerianos» son una especie particular dentro de los aficionados a la ópera.
Si se conociera mejor el texto de sus obras, ¿crecería el número de esos «wagnerianos»? Creo que sí.
Yo hablo, por ejemplo, un poco de alemán, pero no a un nivel que me permita leer en este idioma textos de Wagner, de Schiller o de Schopenhauer.
Y siento la necesidad urgente, sobre todo en esta música, de conocer palabra por palabra, giro a giro, el curso de la obra;es fundamental también para el espectador.
Evidentemente, el público wagneriano conoce al detalle la ópera, y afortunadamente el resto del público cuenta hoy con la ayuda de los sobretítulos.
En cualquier caso, una preparación previa nunca está de más para apreciar todos los detalles de esta ópera.
El «Anillo» es la máxima expresión del drama musical.
¿Y hoy en día qué nos tiene que decir esta ópera? Wagner contó una historia mitológica que tendría en su época un significado.
Pero, actualmente, ¿que nos cuenta? Wagner, evidentemente, no pretendía contar un cuento simplemente.
Ya la fábula representa algo y contarla sería fascinante.
Pero Wagner aprovecha las metáforas, los personajes, para escenificar asuntos de gran importancia en su época, en tiempos de revoluciones políticas y sociales, en mitad de la Revolución industrial, en la que se acentúa la lucha de clases, en la que nace el capitalismo, en la que aparecen problemas como los ecológicos –con las máquinas comienza la conciencia de la destrucción de la Naturaleza–;esto, que está en la ópera de Wagner, es completamente actual.
Habla de que el uso ilícito de la Naturaleza, su violación por parte del hombre, supone el principio de nuestro fin.
Cuando el oro, que no tiene en principio un valor material y es simplemente una fuente de luz, de energía, se usa con otro fin, se forja y se convierte en otra cosa, comienzan los problemas;olvidamos entonces nuestro ser y nuestro lugar.
Ese uso perverso es fuente también de perversión humana y origen de tragedia.
Y eso sigue teniendo actualidad.
Su colega Nicola Luisotti me decía hace unos días que el director de orquesta es en las funciones el director de escena también.
¿Está de acuerdo? En el momento de la representación, el timón de todo lo lleva el director de orquesta; y más en obras de este tipo, en las que el ritmo, las pausas, los silencios, las transiciones, las manejas tú.
La escena, el espectáculo entero, gira en torno al foso, y eso es algo incomparable, fascinante.
Provenir, como es su caso, de la música antigua y barroca, ¿hace que aborde a Wagner de modo diferente? Seguramente.
Pero en la música antigua el texto, tanto en la música religiosa como en la profana, es su fuente expresiva y dinámica, la razón y el germen del discurso armónico y melódico.
Hay una relación evidente entre este y el texto;y cuidarlo, cuidar la dicción, que el ritmo musical sea textual, gestual, sigue presente en Wagner, donde la palabra es importantísima y generadora.
La destrucción de la naturaleza Robert Carsen es el director de escena de esta segunda tetralogía wagneriana «El Anillo del Nibelungo» que presenta el Teatro Real desde su reinauguración.
Lo hará a lo largo de cuatro temporadas y el prólogo, «El oro del Rin», se podrá ver entre el 17 de enero y el 1 de febrero.
Su puesta en escena gira en torno a la ambición del poder como destructora de la naturaleza.
La producción, estrenada en 2010 en la Ópera de Colonia, traslada al mundo real la visionaria y desoladora alegoría wagneriana, en la que la degeneración moral conduce a la devastación del planeta y a la extinción de la humanidad.
El reparto lo componen Greer Grimsley (Wotan), Samuel Youn (Alberich), Ain Anger (Fasolt), Alexander Tsymbalyuk (Fafner), Raimund Nolte (Donner), David Butt Philip (Froh), Joseph Kaiser (Loge), Mikeldi Atxalandabaso (Mime), Sarah Connolly (Fricka), Sophie Bevan (Freia), Ronnita Miller (Erda), Isabella Gaudí (Woglinde), Maria Miró (Wellgunde) y Claudia Huckle (Flosshilde).

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