Horas más amargas para Venezuela

Nicolás Maduro es un usurpador que ha convertido a Venezuela en un Estado fallido.
Su toma de posesión el pasado jueves fue una pantomima que solo ha sido reconocida por unos cuantos países, casi ninguno amigo de la democracia.
Sin embargo, el grueso de la comunidad internacional, incluidos los tenedores de deuda venezolana, ya han dicho que ignoran la investidura del dictador y que solo reconocen la autoridad de la Asamblea Nacional.
La situación ya no da más de sí y el sucesor de Hugo Chávez ya sabe que, fuera de La Habana, en pocos lugares del mundo va a ser recibido como lo que él cree que es; que cuando su Gobierno sea declarado en bancarrota porque no puede pagar sus compromisos, nadie le va a atender.
En fin, que el cuento se ha terminado para él.
Ni siquiera le sirve el grupo de aduladores impenitentes que encabeza José Luis Rodríguez Zapatero, que todavía se empeñan en sostener que es posible una mediación o una negociación, porque tampoco les escucha nadie.
Pero lo cierto es que quien reside en el Palacio de Miraflores es este antiguo conductor de autobuses y no el presidente de la Asamblea, Juan Guaidó, al que según la Constitución le correspondería asumir el poder ante la evidente incapacidad legal del dictador.
Venezuela tiene ante sí horas muy amargas, porque si quienes tienen la capacidad de cambiar las cosas no aciertan con su responsabilidad histórica, el país seguirá hundiéndose en el abismo hasta que no queden allí más venezolanos.
Porque la mayoría habrá emigrado en busca de comida.
La oposición debe mantener la unidad sagrada en torno al único punto que debe marcar el rumbo del país: el fin de la dictadura, hagan lo que hagan los militares, que siguen empeñados en correr la misma suerte que Maduro.

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